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Sanación Emocional

Cada experiencia dolorosa, aunque aparentemente olvidada en el tiempo, si no ha sido aceptada, comprendida y/o trascendida, va quedando en nuestras energías como residuos, que generan diversas sensaciones asociadas con el viejo padecimiento de otros tiempos.

Digamos que quedaría una tendencia a reeditar situaciones similares, ya no tan graves en lo concreto, pero sí quizás en nuestro sentimiento.

Por esta razón hay circunstancias en nuestra cotidianeidad que se repiten una y otra vez y llegamos hasta el hartazgo sin saber como salir del circuito creado.
De acuerdo a la sensación que se maneje podrían generarse enfermedades, pobrezas o carencias de cualquier tipo.
Es bueno tener en cuenta que todo es una energía: un pensamiento, un sentimiento, un recuerdo, un olvido no perdonado, una experiencia guardada, un llanto viejo no derramado. Y aunque desde nuestra mente creemos que por no recordar un hecho, desapareció, la energía de ese sentimiento escondido, seguirá generando sensaciones no deseadas.
De aquí la importancia del sanar.

Estamos en un momento de trascendencia a nivel planeta, donde somos llamados a despojarnos de lo viejo para poder renacer como nuevos seres, más contactados con la honestidad en todo sentido, con nosotros y los otros, con el bienestar y el reconocimiento de lo que somos en Verdad, para lo que necesitaremos estar más desposeídos del ego que nos gobierne.

Se podrá elegir el camino que resulte mejor a cada uno, siempre teniendo en cuenta que la Luz habrá de generarse desde nuestro interior y así podremos irradiarla a nuestro entorno. Por esto es primordial la limpieza y curación de estas energías ya que el sanarlas nos abre nuevos caminos a la felicidad y expresión de nuestras virtudes.

Prof. Marta Irene Villafañe 




Los mitos Griegos y la figura del Padre

La mitología griega, a través de las figuras de Urano, Cronos y Zeus nos ofrece modelos de padres arquetípicos, todos con diferentes matices, pero unidos por un punto común. Existe un principio vital eterno: el hijo, cobijado y sostenido por los padres, crecerá y tomará la fuerza suficiente para superarlos y trascenderlos. Esto, que parece ser el anhelo de todo padre, muchas veces representa un enorme conflicto. ¿Por qué? Veamos qué respuestas encontramos en los mitos.

Estas tres figuras míticas (Urano, Cronos y Zeus) fueron padres que devoraron a sus propios hijos por temor a perder el poder. En un intento por perpetuar su reinado celestial, Urano reinfetaba a toda su descendencia en el vientre de su consorte Gea, impidiendo a sus herederos crecer adecuadamente. Sin embargo, Cronos, uno de sus hijos, tramó castrarlo con ayuda de su madre. De este modo, el acto revolucionario de Cronos, destronó a un padre que no estaba dispuesto a que sus hijos crezcan y lo trasciendan. Sin embargo, una vez que Cronos tomó el poder, cometió las mismas atrocidades que su padre, pues también devoró a sus hijos.
Se repitió nuevamente el ciclo, ya que Zeus, uno de los hijos de Cronos, destronó a su padre en otro acto revolucionario. Pero como es de esperar, Zeus cayó preso del mismo conflicto y al enterarse que una de sus hijas lo superaría en sabiduría, devoró a su madre para impedir el nacimiento.

¿Qué sucede con estos padres que no permiten el crecimiento sano y prolífero de sus hijos? ¿Qué conflicto arquetípico nos muestran estos mitos?

Estos personajes de la mitología griega, que parecen tan lejanos de nosotros, están íntimamente conectados con la actualidad.
¿Acaso no sucede con padres e hijos que trabajan juntos, que el primero se impone y coarta las posibilidades de desarrollo del segundo? ¿No conocemos casos de padres demasiado autoritarios, que controlan en demasía la vida de sus hijos, impidiéndoles tomar las propias riendas? ¿No hemos visto madres de hijas adolescentes, que se obsesionan con detener el paso del tiempo y desplazan a sus hijas en su momento de florecimiento?

El hijo puede responder a estas situaciones de diversas maneras: o es capaz de generar un acto revolucionario que desplace al progenitor y ubique las cosas mas o menos en su lugar; o se queda reinfetado y sin posibilidades de crecimiento, muchas veces inmaduro y dependiente.

Ver crecer a los hijos, apreciando cómo se vuelven fuertes y dueños de su vida, es un gran honor para cualquier padre… pero implica hacer una gran renuncia.
Cuando el hijo crece y toma vuelo propio, enfrenta a los padres con su envejecimiento, su finitud y con la necesidad de aceptar un nuevo momento en la vida: la madurez. Así como todo en el universo tiene sus ciclos de crecimiento, los humanos también los tenemos. Hay un momento para jugar, para experimentar, para asumir responsabilidades, para ejercer el poder y un momento para delegarlo y soltarlo. Si la aceptación de estos ciclos naturales se ve trabada por algún conflicto inconciente, es muy probable que cueste aceptar que es momento de pasar a otra fase.

Para que los hijos asuman el mando, los padres (reales o simbólicos) deben aceptar que es momento de soltar y ubicarse en otro lugar. Esto no tiene por qué hacerse con resignación ni con frustración, sino con la plena conciencia de que es momento de otras cosas.

Para resolver estos pasajes vitales no sólo se necesita de un buen posicionamiento del padre, sino también de una clara maduración del hijo. Ambos están implicados en el proceso y sería lo mejor vivirlo procurando el bienestar y la salud de los vínculos.

Lic. Ada Marcos
Psicóloga clínica
 


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