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El temor a la enfermedad

Muchas veces desde el temor que suele dar el solo pensar en una enfermedad que pudiera aquejarnos, dejamos de hacer los controles médicos con cierta periodicidad, o negamos cualquier síntoma que estuviera molestándonos.

Incluso a veces, llegamos a estar tan desconectados del cuerpo, que nos enteramos de que algo salió del equilibrio por un fuerte dolor o una manifestación fuera de lo acostumbrado que nos obliga a tomar medidas.

Habría que comprender dos cosas:
La primera que una dolencia tarda mucho en manifestarse en el cuerpo físico, ya que empieza primero en los otros cuerpos. (emocional, mental).
De hecho la foto Kirlian lo muestra muchos meses antes de que se “sienta” y revele.

La segunda y más importante, es poder darse cuenta de que ese desequilibrio que parece de pronto mostrarse, está gestado por nosotros mismos y tiene su raíz en fuertes sensaciones, pensamientos y hasta creencias que solemos sostener.
El cuerpo físico nos habla, y es el último en acusar recibo de que algo no anda bien en nuestro interior.

Podría hablarnos de que no somos felices, o que no nos sentimos queridos, o reconocidos. Quizás vivamos enojados y ya es tan parte de nuestro sentir, que ni nos damos cuenta del nivel de agresión que manejamos, especialmente con nosotros mismos.

Podrían haber muchas razones, y muchos dirán, y... la herencia... el karma, o... "nadie ha sufrido como yo..." etc.

Pero más allá desde donde se haya creado, siempre tenemos la posibilidad de revertir, restaurar, restablecer, perdonar, perdonarnos y ponernos en armonía con la vida y los seres que nos rodean.
La capacidad de sanación que todos poseemos es inmensa y en la medida que nos sintonizamos con ella, podremos reencontrar el equilibrio perdido, nuevamente.

Existen varias técnicas que podrán ayudarnos en esta tarea, pero también es primordial tener el firme propósito de curarnos, junto con una actitud más amorosa y de cuidado y respeto hacia ese valioso Ser que somos.

Prof. Marta Irene Villafañe 






Todos tenemos un mito que nos vive

La mitología antigua dista de ser un cúmulo de historias fantasiosas de corte religioso.
Muy por el contrario, los mitos son notables expresiones, en forma poética, de la experiencia humana. Describen de manera excepcional caracterologías y situaciones propias de la humanidad que hoy en día, miles de años después, seguimos viviendo y manifestando.

¿Ejemplos? Pensemos en el famoso panteón griego, presidido por el glorioso Zeus y su consorte real, Hera. Luego de su casamiento, tuvieron una luna de miel que duró 300 años; pero pasado ese tiempo Zeus comenzó a engañar sistemáticamente a su esposa. Este dios era de carácter expansivo y lujurioso, no podía evitar su naturaleza libertina y aprovechaba cualquier oportunidad para vivir romances con hermosas muchachas. Hera, indignada y devorada por los celos, invertía todo su tiempo en vigilar a su marido y castigar severamente a las amantes de éste. Lo curioso de Hera es que no manifestaba la ira con su esposo, sino con las amantes. Su mayor deseo era preservar la institución del matrimonio y continuar con Zeus, sin importar el precio. Pregunto ¿Conocemos esta historia en la vida real?

Por experiencia propia o de personas cercanas, el hombre con problemas para mantener el compromiso y la mujer obsesionada con perpetuar una relación dificultosa; no nos resultan un cuento de épocas antiguas. Más bien son una historia muy actual.
Esa es la dimensión simbólica y arquetípica de los mitos. Como dice el Dr. C.G. Jung, se trata de las manifestaciones más profundas de nuestro inconciente, donde hallamos las imágenes primordiales de carácter universal humano: los famosos arquetipos.

Por ello, sumergirse en una historia mitológica y explorar su simbolismo es una experiencia de enriquecimiento psicológico. Nos permite entendernos, tener un marco de pensamiento que organiza y da sentido a la experiencia. No es lo mismo desconocer el motivo de nuestras actitudes, que pensar que una compleja expresión arquetípica las sostiene.

Todos vivimos un mito personal. Zeus, Hera, Dionisio, Afrodita, son nada mas y nada menos que figuras psíquicas internas. Ser concientes de ellas nos permite ser libres y expresar el costado positivo de los arquetipos que modelan nuestro comportamiento.

¿Cómo sigue la historia entre Zeus y Hera? Eso queda para una próxima entrega...

Lic. Ada Marcos
Psicóloga clínica
 


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