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Es sólo cuestión de elección

Vivimos en un mundo de polaridades y mayoritariamente nos hemos estado moviendo en una zona de grises, o sea, no somos ni muy buenos ni muy malos, no nos consideramos ladrones pero tampoco absolutamente honestos, no somos ricos pero no nos falta nada. Aunque también hemos tocado los extremos como pasar por situaciones que nos hicieron inmensamente felices o lo contrario, o de ser muy pobres convertirnos en ricos o viceversa.
Si bien mas o menos así nos hemos manejado hasta ahora, de alguna manera perezosos a la hora de resolver los propios conflictos, las negadas tristezas, los ocultos miedos; los tiempos están cambiando vertiginosamente y nos vemos obligados a desarmar estructuras, formas de pensar, y volvernos flexibles para que los fuertes vientos no nos derriben.

De acuerdo a lo que podemos observar hoy, a nuestro alrededor, ya sea en nuestro país o en el mundo, parecería que se están acabando los “grises” ya que así como hay personas trabajando para el caos y el temor, hay muchas otras haciéndolo para la paz, el cuidado y el amor, y la zona intermedia ha quedado prácticamente desierta.

Nosotros... ¿dónde queremos estar?
Seguramente en un lugar donde la vida transcurra tranquila, serena, aprendiendo sin sufrir. Ése lugar está dentro de nosotros mismos, las soluciones también, aunque muchas veces nos resulte difícil verlas. Quizás podamos lograr esto solos, o quizás necesitemos ayuda, y en ese caso hay muchas maneras de encontrarla, ya sea rodeándose de personas que nos aporten algo positivo, buscando la palabra de alguien que tenga resueltos los problemas que nosotros no, podrá darnos nuevas ideas; eligiendo métodos y técnicas que nos ayuden a cambiar la forma de pensar y a relajarnos, como la meditación, el autoconocimiento, las actividades físicas que beneficien nuestro cuerpo y calmen la mente, en fin las posibilidades son muchas y variadas, aranceladas y gratuitas.

Por allí podría empezar nuestra elección, por buscar un camino que nos ayude a superar los miedos, recuperar la alegría y conectarnos con el amor. Ese solo cambio de ánimo nos abrirá puertas y ayudará a enfrentar estos momentos de transición de la mejor manera. Esta elección comienza desde lo más simple y cotidiano para nosotros mismos, nuestros seres queridos, el trabajo, el entorno. Podemos elegir la rabia, la desolación, la destrucción, o el cuidado, el amor, los pensamientos creativos, la flexibilidad para irnos acomodando a lo nuevo. Somos libres de elegir y debemos comprender que nuestra elección tiene un efecto no solo en nosotros, también en todos y todo lo que nos rodea.

Éste es nuestro compromiso.

Prof. Marta Irene Villafañe 






Los mitos griegos y la figura del padre

La mitología griega, a través de las figuras de Urano, Cronos y Zeus nos ofrece modelos de padres arquetípicos, todos con diferentes matices, pero unidos por un punto común. Existe un principio vital eterno: el hijo, cobijado y sostenido por los padres, crecerá y tomará la fuerza suficiente para superarlos y trascenderlos. Esto, que parece ser el anhelo de todo padre, muchas veces representa un enorme conflicto. ¿Por qué? Veamos qué respuestas encontramos en los mitos.

Estas tres figuras míticas (Urano, Cronos y Zeus) fueron padres que devoraron a sus propios hijos por temor a perder el poder. En un intento por perpetuar su reinado celestial, Urano reinfetaba a toda su descendencia en el vientre de su consorte Gea, impidiendo a sus herederos crecer adecuadamente. Sin embargo, Cronos, uno de sus hijos, tramó castrarlo con ayuda de su madre. De este modo, el acto revolucionario de Cronos, destronó a un padre que no estaba dispuesto a que sus hijos crezcan y lo trasciendan. Sin embargo, una vez que Cronos tomó el poder, cometió las mismas atrocidades que su padre, pues también devoró a sus hijos.
Se repitió nuevamente el ciclo, ya que Zeus, uno de los hijos de Cronos, destronó a su padre en otro acto revolucionario. Pero como es de esperar, Zeus cayó preso del mismo conflicto y al enterarse que una de sus hijas lo superaría en sabiduría, devoró a su madre para impedir el nacimiento.

¿Qué sucede con estos padres que no permiten el crecimiento sano y prolífero de sus hijos? ¿Qué conflicto arquetípico nos muestran estos mitos?

Estos personajes de la mitología griega, que parecen tan lejanos de nosotros, están íntimamente conectados con la actualidad.
¿Acaso no sucede con padres e hijos que trabajan juntos, que el primero se impone y coarta las posibilidades de desarrollo del segundo? ¿No conocemos casos de padres demasiado autoritarios, que controlan en demasía la vida de sus hijos, impidiéndoles tomar las propias riendas? ¿No hemos visto madres de hijas adolescentes, que se obsesionan con detener el paso del tiempo y desplazan a sus hijas en su momento de florecimiento?

El hijo puede responder a estas situaciones de diversas maneras: o es capaz de generar un acto revolucionario que desplace al progenitor y ubique las cosas mas o menos en su lugar; o se queda reinfetado y sin posibilidades de crecimiento, muchas veces inmaduro y dependiente.

Ver crecer a los hijos, apreciando cómo se vuelven fuertes y dueños de su vida, es un gran honor para cualquier padre… pero implica hacer una gran renuncia.
Cuando el hijo crece y toma vuelo propio, enfrenta a los padres con su envejecimiento, su finitud y con la necesidad de aceptar un nuevo momento en la vida: la madurez. Así como todo en el universo tiene sus ciclos de crecimiento, los humanos también los tenemos. Hay un momento para jugar, para experimentar, para asumir responsabilidades, para ejercer el poder y un momento para delegarlo y soltarlo. Si la aceptación de estos ciclos naturales se ve trabada por algún conflicto inconciente, es muy probable que cueste aceptar que es momento de pasar a otra fase.

Para que los hijos asuman el mando, los padres (reales o simbólicos) deben aceptar que es momento de soltar y ubicarse en otro lugar. Esto no tiene por qué hacerse con resignación ni con frustración, sino con la plena conciencia de que es momento de otras cosas.

Para resolver estos pasajes vitales no sólo se necesita de un buen posicionamiento del padre, sino también de una clara maduración del hijo. Ambos están implicados en el proceso y sería lo mejor vivirlo procurando el bienestar y la salud de los vínculos.

Lic. Ada Marcos
Psicóloga clínica
 


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